Capítulo 1. No más excusas.

Supongo que a todos nos pasa lo mismo. En mayor o menor medida.

Llega un momento en el que te replanteas tu vida. Tienes a hacer como una auditoría interna en la que evaluar todos los aspectos de tu vida. Amistades, trabajo, estilo de vida, cuerpo, salud, vivienda, lugar, economía, etc. Listas de aquellos aspectos que funcionan mal, regular o bien. Tiendes a detener aquellas cosas que no te aportan nada, más bien te causan un impacto negativo, que funcionan mal. Arreglas esas cosas que pueden causar negatividad pero que merece la pena darles un empujón porque podrían convertirse en algo positivo. Y luego, los aspectos de nuestra vida que nos hacen felices, nos realizan y llenan como persona; éstas se mantienen y se incentivan.

Es muy positivo hacer esto cada año o cada 6 meses. Todos o muchos de nosotros lo hacemos sin darnos cuenta. El fin de año es esa fecha en la que la gente se llena de propósitos. Y esto no es más que un análisis rápido de nuestras vidas y querer arreglar esas cosas con las que no nos sentimos a gusto.

Esta auditoría puede ser mayor o menor según el grado de conformismo. Hay gente conformista que aún sabiendo que hay cosas en su vida que no funcionan o no aportan, prefieren dejarlas pasar por miedo a lo desconocido o al cambio. Luego hay gente inconformista que busca el cambio, la evolución y el aprendizaje que esto conlleva.

Algo así nos ocurrió a mi pareja y a mí en Septiembre de 2017. Para nosotros, Septiembre es el mes del cambio. Es un momento en el que desde pequeños nos enfrentamos a ello: de un curso a otro, de las vacaciones a la rutina del colegio, del verano al invierno.

Por aquellas fechas, como haciendo un escaneo de nuestras vidas, supimos que habían cosas que no funcionaba. Veníamos de un verano que había pasado sin pena ni gloria por Berlín. Habíamos dedicado todos los días a mantener una rutina de trabajo. La vida era cómoda, sencilla, nos sentíamos bien pero siempre había momentos en los que nos faltaba tiempo para nosotros mismos. Llegó un punto en el que invertíamos la mayor parte de nuestro tiempo en los demás pero deséabamos invertirlo en nosotros.

En nuestras mentes, un sueño que teníamos desde hacía tiempo: escaparnos 3 meses a viajar por Asia. Conocernos a nosotros mismos. Buscar nuevos horizontes, desarrollar nuevos aspectos de nuestra vida. Aprender y evolucionar. Todo esto mezclado con el hecho de trabajar de una manera remota. Realizar proyectos que teníamos en mente, ordenar ideas, crear nuevas.

De repente, sin planearlo, caímos en la cuenta de que, avisando con 3 meses de antelación, los dos podíamos liberarnos de nuestros trabajos para final de ese mismo año. Tener tiempo para buscar esa opción laboral que nos ofreciese la oportunidad de trabajar de manera remota, y escapar de los meses más crudos de invierno de Berlín para poder cumplir esa meta en la vida. Sin sopesarlo demasiado, compramos el billete de avión para no tener que arrepentirnos o buscar excusas para borrar esa idea de nuestras cabezas.

A los pocos días lo comunicábamos en nuestros trabajos. El paso estaba dado.

Nos aventurábamos a un momento de nuestras vidas en el cual íbamos a abandonar todo lo que teníamos hasta ese momento. Nuestros trabajos, nuestro hogar. Íbamos a meter lo mínimo en una mochila y vivir con ello durante 3 meses en países y ciudades desconocidas. Culturas a las que no nos habíamos enfrentado antes. Nos íbamos a dedicar todo el tiempo que quisiéramos. Sin prisas. Aprenderíamos nuevas maneras de trabajar y comunicar. Descubriríamos ideas que antes no habían aparecido en nuestras mentes.

Nuestro itinerario iba a ir cerrándose conforme avanzáramos por el continente. Sabíamos que empezábamos en New Delhi, que recorreríamos India durante 20 días incluyendo Anantapur, Varkala, Kumily, Munnar y Allapuzah, y que luego viajaríamos a Bangkok.

Lo demás estaba por ver.